Las películas favoritas de José Luis Salazar en 2025
POR: JOSÉ LUIS SALAZAR
31-12-2025 12:31:48

Se cierra un año más. 2025, marcado por la consolidación de la inteligencia artificial y el auge de las ultraderechas en todo el continente, amarga el porvenir, lo ensombrece y genera todo tipo de preocupaciones: la sensación de que nos dirigimos a años más complicados, más difíciles de afrontar, de escasez y de mayor precariedad.
Pese a ello, en cada esquina del globo se enlista lo mejor del año. Esa vieja tradición sobre la que el propio Umberto Eco escribió en El vértigo de las listas: una necesidad humana que va desde la del supermercado hasta los incontables e incansables censos cinéfilos que, desde cada continente, buscan enumerar y jerarquizar la realización fílmica en una época de sobreproducción cultural prácticamente inabarcable.
Este esfuerzo personal es uno más, en su justa medida y con sus limitaciones: las mías. Pero, más que eso, es un agradecimiento a un año que termina; a Encuadres, la revista que me ha acogido durante ya tres años; a los ocho festivales que me permitieron cubrirlos y, sobre todo, encontrar una parte de mí en sus pantallas. Y, finalmente, al lector: a cualquiera que, desde otra pantalla, haya tenido el gesto, tan simple como extraño, de detenerse a leer una opinión que poco o nada importa en el orden de las cosas. Ojalá en mis textos haya encontrado algo de lucidez, o al menos una forma de compañía, un pequeño consuelo compartido en medio de la saturación de imágenes y de ruido. Que haya encontrado, a través de mis textos, a un acompañante en la butaca de al lado del cine, como yo lo conseguí: alguien a quien no se conoce, pero cuya presencia se intuye al saberse leído.
Esta lista no es un punto final. He visto, y disfrutado,muchísimas más películas de las que figuran aquí, y veré muchísimas más. Sin embargo, obedeciendo a la numeralía tradicional, solo hay diez espacios, a los que se suman, al final, algunas menciones especiales.
10. El agente secreto (Kleber Mendonça Filho. Brasil-Francia-Alemania-Países Bajos)
El crítico de cine brasileño convertido en cineasta, Kleber Mendonça Filho, parece encontrar en El agente secreto la fórmula definitiva de su estilo. Continúan presentes los temores ante el ascenso de la ultraderecha en el país y los códigos del cine de género (en especial aquel entrañable y gracioso segmento de la pierna peluda); sin embargo, la conciencia histórica le impide seguir teorizando sobre el futuro, como en Bacurau, para plantarse esta vez en el pasado de la dictadura.
La imagen del presidente Emílio Garrastazu Médici funciona como un fantasma omnipresente, cómplice de los crímenes y la violencia que secuestran al país. El resultado es un thriller político que conjura al cine como un subtexto transgeneracional, un espacio donde se aloja la memoria y desde el cual se transforma la sociedad y el paisaje urbano.
9. A Useful Ghost (Ratchapoom Boonbunchachoke. Tailandia-Singapur-Alemania- Francia)
En la ambiciosa ópera prima de largometraje del tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke, como en el caso de Mendonça Filho, se abordan inquietudes en torno a la memoria histórica: aquí, alrededor de la masacre en la Universidad de Thammasat el 6 de octubre de 1976 y de la represión de las manifestaciones de 2010.
La manera de hacerlo es profundamente inventiva. El cine deja de ser un medio para fantasmas y comienza a representarlos desde otra óptica: la de seres queridos que resucitan en electrodomésticos, condenados a seguir trabajando después de la muerte y a ahuyentar a aquellos, no sometidos al sistema laboral, que intentan recordar las heridas del pasado.
Con una premisa tan ingeniosa como radical, Boonbunchachoke configura un relato que aboga por la preservación de la memoria de los horrores del pasado dictatorial tailandés y de los crímenes de Estado, así como de un presente, no mucho mejor ni distante,atravesado por el sometimiento al capital. Todo ello a partir de una fantasía erótica LGBT que encuentra su resolución, como acaso habremos de hacerlo fuera de la pantalla, en una revolución popular.
8. By the stream (Hong Sang-soo. Corea del Sur)
El célebre e incansable cineasta Hong Sang-soo, autor de una de las filmografías más prolíficas y largas del cine contemporáneocon casi 4 largometrajes anualmente, presenta en By the Streamuno de sus trabajos recientes mejor logrados. En ella condensa la figura de un hombre en vida, pero ya en estado de residuo: Chu Si-eon, ex actor y director de teatro, estancado tras un error cometido en su juventud.
De regreso en la escuela que lo confinó a esa deriva al reemplazar, por petición de su sobrina, al profesor y director de teatro recientemente despedido, Chu encuentra en las jóvenes estudiantes los restos de una vida que ya no pudo vivir, la proyección de un camino definitivamente truncado. Adam Hartzell resumía el trabajo de Sang-soo de este modo: “Es la repetición la que impide que las películas de Hong sean únicas, pero al mismo tiempo es lo que hace que su obra sea única”. Esa observación privilegiada que encuentra la oportunidad de las sonrisas como las lágrimas, convierte a Hong Sang-soo en uno de los cineastas más finamente realistas de la actualidad y a su perpetua protagonista, Kim Min-hee, en la última gran estrella del cine contemporáneo.
7. The Mastermind (Kelly Reichardt. Estados Unidos)
En la impronta fílmica que Kelly Reichardt ha venido construyendo desde hace ya dos décadas, plagada de personajes que deambulan, se encuentran y se disuelven en una Norteamérica asfixiada, sofocada por la normalidad, se abre un nuevo capítulo con The Mastermind. La película está protagonizada por Josh O’Connor, un capricho cinéfilo que apenas un par de años atrás encarnaba al arqueólogo errante de La chimera, de Alice Rohrwacher.
En este relato, de un interés cercano a la microhistoria, sobre un robo de arte en Massachusetts, Reichardt expande su panorama hacia un Estados Unidos en permanente contradicción. Conviven aquí una clase suburbana apática, adormecida e incapaz de nombrar los síntomas de su malestar, y las clases trabajadoras, las disidencias sexuales, la población negra y otros grupos oprimidos, golpeados en las calles o enviados a morir a Vietnam. The Mastermind se erige así como una radiografía de la historia norteamericana, un síntoma en repetición.
6. The Love That Remains (Hlynur Pálmason. Islandia-Dinamarca-Suecia)
Hlynur Pálmason captura la vida bucólica islandesa de una familia que atraviesa la separación de sus padres. En este entorno, una serie de infortunios y pequeños milagros cotidianos conviven con la represión emocional, el sexo o la ausencia de este, la soledad y la decepción, todo ello dispuesto de una manera que roza lo fantástico sin abandonar nunca lo profundamente humano.
Son las enormes llanuras y los paisajes costeros los espacios donde esta peculiar constelación de individuos encuentra formas de socavar el dolor a través del humor, el absurdo y ciertas revelaciones fantásticas que manifiestan su malestar emocional. The Love That Remains es una película sobre la incapacidad de nombrar lo que se pierde y sobre las formas torpes, a veces cómicas, a veces dolorosas, de seguir habitando un vínculo que ya no existe como tal, que no desaparece sino que muta. O, como la describiría Pedro Segura: "Post Tenebras Lux para toda la familia".
5. Bajo las banderas, el sol (Juanjo Pereira. Paraguay-Argentina-Alemania- Estados Unidos)
En este exhaustivo documental de archivo sobre la dictadura de Alfredo Stroessner, se reconstruye un país entero. Para quien lo observa desde fuera, muchas imágenes resultan borrosas, inconexas y, por momentos, lejanas del Paraguay actual; pero a la vez sobreviven en vestigios que aún permean la vida cotidiana.
El trabajo es brillante, guiado por el montaje de Manuel Embalse y por la titánica labor de su director, Juanjo Pereira, quien rescata innumerables imágenes, les da sentido, remueve su polvo y permite que emerjan como signos de un tiempo condenado, un tiempo por el que hay que luchar para que no se repita.
4. Nuestra Tierra (Lucrecia Martel. Argentina-México-Dinamarca- Estados Unidos)
Dirigido por la consagrada cineasta argentina Lucrecia Martel en su debut en el documental, Nuestra Tierra vuelve a poner en el centro el asesinato del líder de la comunidad de Chuschagasta, Javier Chocobar, registrado en video. El proceso judicial iniciado en 2018 queda documentado, pero el verdadero valor del material reside en cómo despierta una conversación que remite hasta las primeras empresas coloniales en la región. La película evidencia la perpetuidad de la violencia contra las comunidades indígenas en un país que reniega de sus raíces e invisibiliza a sus pueblos.
Minuto a minuto, la película sigue el juicio y el sentir de toda una comunidad, que encuentra en este crimen de Estado y en la impartición de justicia la síntesis de toda una historia colonial. Es una pizca de justicia frente al asedio permanente del Estado y del capital, y al mismo tiempo, una esperanza para conservar la tierra en la que crecieron, en la que se criaron y en la que desean morir.
Ex Aequo: Magallanes (Lav Diaz. Portugal-Filipinas-España- Francia)
El mítico director filipino Lav Diaz entrega aquí una producción internacional que, por su duración, podría pasar casi por un cortometraje en comparación con el resto de su filmografía. En Magallanes, Gael García Bernal se pone en la piel del conquistador portugués durante su travesía por conquistar y evangelizar las Filipinas.
La enorme empresa colonial y su recorrido truncado y fallido se convierten en una lección de historia que se eleva por encima de lo anecdótico gracias a la forma cinematográfica que le imprime Diaz: una suerte de anti-Fitzcarraldo, envuelto en paisajes imponentes, barcos que surcan los mares y la resistencia de cientos de indígenas que, más allá de la pantalla, buscan la voz de sus antepasados, aquellos que hicieron frente a los expedicionarios europeos.
A la distancia, pese a la imponencia, la violencia y la supremacía técnica, se percibe la banalidad y la carnalidad de un proyectocolonial confuso, inconexo, fracasado y condenado. Diaz hace de la historia de Filipinas no un conjunto de ruinas y documentos desarchivados, sino una memoria viva, en movimiento, en permanente reescritura, que busca un segundo aire para respirar. Ese aire, Diaz lo otorga como pocos en la forma fílmica.
3. El príncipe de Nanawa (Clarisa Navas. Argentina-Paraguay)
Clarisa Navas hace el cine más aventurero del año, la proeza fílmica. Más allá de la propuesta de diez años de filmación de El príncipe de Nanawa, en las que su protagonista, Ángel Stegmayer, un niño nacido y crecido en los bordes de Argentina y Paraguay, que ya de por sí es impresionante y atípico en el cine, hace de sus personajes verdaderos protagonistas con todo lo que eso implica: ellos toman la cámara, conducen sus interacciones, deciden qué grabar. Ángel es el verdadero cineasta. Se come la forma y sus intenciones frente a la humanidad y al carisma del pequeño, quien avanza en la mira de ser un adulto igual de alegre.
El cine regresa a la vida, se convierte en tiempo: no acompañamos a Ángel a crecer, enamorarse, tener un hijo, formar una familia ni convivir en este micromundo periférico olvidado por el Estado; él nos acompaña hasta que estemos seguros de poder dejarlo ir. Hasta que los créditos corren y podemos, nosotros, volver a nuestra vida, a entender este mundo en el que existimos, que transformamos y habitamos y que, como pocas veces, la pantalla desenmascara. Y lo hace de la forma más enternecedora, como un juego de niños en el que buscamos vivir felices, vivir mejor.
2. Dry Leaf (Alexandre Koberidze. Georgia-Alemania)
Una de mis películas favoritas de los últimos años fue Trenque Lauquen de Laura Citarella, cuya sencilla premisa giraba en torno a Laura, una mujer desaparecida, y a los dos hombres enamorados que salen a buscarla. A partir de esa base, Citarella tejía pequeñas ficciones interiores guiadas por encuentros accidentados, casualidades y coincidencias.
De manera similar, el georgiano Alexandre Koberidze construye Dry Leaf, su tercer largometraje, a partir de la desaparición de una hija. Su padre emprende un viaje por carretera en el que cada parada y cada encuentro con personajes peculiares se convierte en una pequeña aventura, un relato que transforma la pérdida en experiencia compartida. Como en la obra de Citarella, el cierre no apunta al reencuentro, sino a algo apenas más ambicioso: al infinito. La vida se convierte entonces en un pasadizo de estadios de fútbol, campos silenciosos, estatuas oxidadas, flores mecidas por el viento. No hay que despojarla de ese misterio, de ese vital enigma que, a veces, ciertas narrativas de la pantalla, y el ritmo de la vida misma, parecen empeñadas en apagar, en ignorar aquello que habitamos.
1. Resurrection (Bi Gan. China)
Hay un tema recurrente en el cine que he visto y del que he escrito mucho este año. Ya sea en el documental de archivo armenio My Armenian Phantoms de Tamara Stepanyan; en el ambicioso trabajo construido a partir del collage fílmico de la obra de Jia Zhangke en Caught by the Tides; o en el documental de investigación sobre el fotógrafo y pionero del cine científico Guillermo Zúñiga, Yrupé de Candela Sotos. En todas ellas, como en muchas otras, el cine adapta su cualidad de deriva espectral: convierte sus imágenes en una microexperiencia de muerte y, posteriormente, en un ritual de resurrección.
A ese proceso que el cine ejerce sobre las imágenes, al preservarlas para la eternidad, convirtiendo a sus intérpretes, sus sets y su tiempo en objetos capaces de resucitar una y otra vez frente a nosotros, Bi Gan logra teorizarlo a través de la práctica fílmica en Resurrection.
La película, a su vez, rememora y visita distintos periodos de la historia del cine: desde la locomotora arribando a la estación y el jardinero regado de los hermanos Lumière, pasando por el viaje a la luna de Georges Méliès, hasta el cine de Diao Yinan y Hou Hsiao-hsien. Este último emerge en la obra de Bi Gan como si, retomando a Vicky de Millennium Mambo resucitada ahora como vampira, regresara a la pantalla para volverse eterna. En Resurrection, Bi Gan no solo dialoga con la historia del cine, la vuelve a poner en movimiento. Cada imagen revive porque ha sido mirada antes y porque insiste en ser mirada de nuevo. Al final, sus personajes nos regresan la mirada a nosotros, el espectador, nos observan como velas que se derriten en el tiempo. Bi Gan reconoce a quienes están detrás de esta máquina de sueños, a quienes la sostienen con sus pupilas. El tiempo ha de avanzar, la sala se ha de vaciar; las imágenes, no obstante, permanecerán.
Menciones especiales:
• It Was Just An Accident (Jafar Panahi. Irán-Francia-Luxemburgo)
• 7 walks with Mark Brown (Pierre Creton, Vicent Barré. Francia)
• Todo documento de civilización (Tatiana Mazú. Argentina)
• School Privada Alfonsina Storni (Lucía Seles. Argentina)
• My Armenian Phantoms (Tamara Stepanyan. Armenia-Francia)
• Israel-Palestine on Swedish Television 1958-1989 (Goran Hugo Olsson. Suecia)
• Mirrors no. 3 (Christian Petzold. Alemania-Francia)
• Renovation (Gabriele Urbonaite. Lituania)
• What Does That Nature Say To You (Hong Sang-soo. Corea del Sur)
• Bajo el mismo sol (Ulises Porras. República Dominicana-España-Argentina)
• Direct Action (Guillaume Cailleau, Ben Russell. Alemania-Francia)
• O Último Azul (Gabriel Mascaro. Brasil-México-Chile-Países Bajos)

Se cierra un año más. 2025, marcado por la consolidación de la inteligencia artificial y el auge de las ultraderechas en todo el continente, amarga el porvenir, lo ensombrece y genera todo tipo de preocupaciones: la sensación de que nos dirigimos a años más complicados, más difíciles de afrontar, de escasez y de mayor precariedad.
Pese a ello, en cada esquina del globo se enlista lo mejor del año. Esa vieja tradición sobre la que el propio Umberto Eco escribió en El vértigo de las listas: una necesidad humana que va desde la del supermercado hasta los incontables e incansables censos cinéfilos que, desde cada continente, buscan enumerar y jerarquizar la realización fílmica en una época de sobreproducción cultural prácticamente inabarcable.
Este esfuerzo personal es uno más, en su justa medida y con sus limitaciones: las mías. Pero, más que eso, es un agradecimiento a un año que termina; a Encuadres, la revista que me ha acogido durante ya tres años; a los ocho festivales que me permitieron cubrirlos y, sobre todo, encontrar una parte de mí en sus pantallas. Y, finalmente, al lector: a cualquiera que, desde otra pantalla, haya tenido el gesto, tan simple como extraño, de detenerse a leer una opinión que poco o nada importa en el orden de las cosas. Ojalá en mis textos haya encontrado algo de lucidez, o al menos una forma de compañía, un pequeño consuelo compartido en medio de la saturación de imágenes y de ruido. Que haya encontrado, a través de mis textos, a un acompañante en la butaca de al lado del cine, como yo lo conseguí: alguien a quien no se conoce, pero cuya presencia se intuye al saberse leído.
Esta lista no es un punto final. He visto, y disfrutado,muchísimas más películas de las que figuran aquí, y veré muchísimas más. Sin embargo, obedeciendo a la numeralía tradicional, solo hay diez espacios, a los que se suman, al final, algunas menciones especiales.
10. El agente secreto (Kleber Mendonça Filho. Brasil-Francia-Alemania-Países Bajos)
El crítico de cine brasileño convertido en cineasta, Kleber Mendonça Filho, parece encontrar en El agente secreto la fórmula definitiva de su estilo. Continúan presentes los temores ante el ascenso de la ultraderecha en el país y los códigos del cine de género (en especial aquel entrañable y gracioso segmento de la pierna peluda); sin embargo, la conciencia histórica le impide seguir teorizando sobre el futuro, como en Bacurau, para plantarse esta vez en el pasado de la dictadura.
La imagen del presidente Emílio Garrastazu Médici funciona como un fantasma omnipresente, cómplice de los crímenes y la violencia que secuestran al país. El resultado es un thriller político que conjura al cine como un subtexto transgeneracional, un espacio donde se aloja la memoria y desde el cual se transforma la sociedad y el paisaje urbano.
9. A Useful Ghost (Ratchapoom Boonbunchachoke. Tailandia-Singapur-Alemania-
En la ambiciosa ópera prima de largometraje del tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke, como en el caso de Mendonça Filho, se abordan inquietudes en torno a la memoria histórica: aquí, alrededor de la masacre en la Universidad de Thammasat el 6 de octubre de 1976 y de la represión de las manifestaciones de 2010.
La manera de hacerlo es profundamente inventiva. El cine deja de ser un medio para fantasmas y comienza a representarlos desde otra óptica: la de seres queridos que resucitan en electrodomésticos, condenados a seguir trabajando después de la muerte y a ahuyentar a aquellos, no sometidos al sistema laboral, que intentan recordar las heridas del pasado.
Con una premisa tan ingeniosa como radical, Boonbunchachoke configura un relato que aboga por la preservación de la memoria de los horrores del pasado dictatorial tailandés y de los crímenes de Estado, así como de un presente, no mucho mejor ni distante,atravesado por el sometimiento al capital. Todo ello a partir de una fantasía erótica LGBT que encuentra su resolución, como acaso habremos de hacerlo fuera de la pantalla, en una revolución popular.
8. By the stream (Hong Sang-soo. Corea del Sur)
El célebre e incansable cineasta Hong Sang-soo, autor de una de las filmografías más prolíficas y largas del cine contemporáneocon casi 4 largometrajes anualmente, presenta en By the Streamuno de sus trabajos recientes mejor logrados. En ella condensa la figura de un hombre en vida, pero ya en estado de residuo: Chu Si-eon, ex actor y director de teatro, estancado tras un error cometido en su juventud.
De regreso en la escuela que lo confinó a esa deriva al reemplazar, por petición de su sobrina, al profesor y director de teatro recientemente despedido, Chu encuentra en las jóvenes estudiantes los restos de una vida que ya no pudo vivir, la proyección de un camino definitivamente truncado. Adam Hartzell resumía el trabajo de Sang-soo de este modo: “Es la repetición la que impide que las películas de Hong sean únicas, pero al mismo tiempo es lo que hace que su obra sea única”. Esa observación privilegiada que encuentra la oportunidad de las sonrisas como las lágrimas, convierte a Hong Sang-soo en uno de los cineastas más finamente realistas de la actualidad y a su perpetua protagonista, Kim Min-hee, en la última gran estrella del cine contemporáneo.
7. The Mastermind (Kelly Reichardt. Estados Unidos)
En la impronta fílmica que Kelly Reichardt ha venido construyendo desde hace ya dos décadas, plagada de personajes que deambulan, se encuentran y se disuelven en una Norteamérica asfixiada, sofocada por la normalidad, se abre un nuevo capítulo con The Mastermind. La película está protagonizada por Josh O’Connor, un capricho cinéfilo que apenas un par de años atrás encarnaba al arqueólogo errante de La chimera, de Alice Rohrwacher.
En este relato, de un interés cercano a la microhistoria, sobre un robo de arte en Massachusetts, Reichardt expande su panorama hacia un Estados Unidos en permanente contradicción. Conviven aquí una clase suburbana apática, adormecida e incapaz de nombrar los síntomas de su malestar, y las clases trabajadoras, las disidencias sexuales, la población negra y otros grupos oprimidos, golpeados en las calles o enviados a morir a Vietnam. The Mastermind se erige así como una radiografía de la historia norteamericana, un síntoma en repetición.
6. The Love That Remains (Hlynur Pálmason. Islandia-Dinamarca-Suecia)
Hlynur Pálmason captura la vida bucólica islandesa de una familia que atraviesa la separación de sus padres. En este entorno, una serie de infortunios y pequeños milagros cotidianos conviven con la represión emocional, el sexo o la ausencia de este, la soledad y la decepción, todo ello dispuesto de una manera que roza lo fantástico sin abandonar nunca lo profundamente humano.
Son las enormes llanuras y los paisajes costeros los espacios donde esta peculiar constelación de individuos encuentra formas de socavar el dolor a través del humor, el absurdo y ciertas revelaciones fantásticas que manifiestan su malestar emocional. The Love That Remains es una película sobre la incapacidad de nombrar lo que se pierde y sobre las formas torpes, a veces cómicas, a veces dolorosas, de seguir habitando un vínculo que ya no existe como tal, que no desaparece sino que muta. O, como la describiría Pedro Segura: "Post Tenebras Lux para toda la familia".
5. Bajo las banderas, el sol (Juanjo Pereira. Paraguay-Argentina-Alemania-
En este exhaustivo documental de archivo sobre la dictadura de Alfredo Stroessner, se reconstruye un país entero. Para quien lo observa desde fuera, muchas imágenes resultan borrosas, inconexas y, por momentos, lejanas del Paraguay actual; pero a la vez sobreviven en vestigios que aún permean la vida cotidiana.
El trabajo es brillante, guiado por el montaje de Manuel Embalse y por la titánica labor de su director, Juanjo Pereira, quien rescata innumerables imágenes, les da sentido, remueve su polvo y permite que emerjan como signos de un tiempo condenado, un tiempo por el que hay que luchar para que no se repita.
4. Nuestra Tierra (Lucrecia Martel. Argentina-México-Dinamarca-
Dirigido por la consagrada cineasta argentina Lucrecia Martel en su debut en el documental, Nuestra Tierra vuelve a poner en el centro el asesinato del líder de la comunidad de Chuschagasta, Javier Chocobar, registrado en video. El proceso judicial iniciado en 2018 queda documentado, pero el verdadero valor del material reside en cómo despierta una conversación que remite hasta las primeras empresas coloniales en la región. La película evidencia la perpetuidad de la violencia contra las comunidades indígenas en un país que reniega de sus raíces e invisibiliza a sus pueblos.
Minuto a minuto, la película sigue el juicio y el sentir de toda una comunidad, que encuentra en este crimen de Estado y en la impartición de justicia la síntesis de toda una historia colonial. Es una pizca de justicia frente al asedio permanente del Estado y del capital, y al mismo tiempo, una esperanza para conservar la tierra en la que crecieron, en la que se criaron y en la que desean morir.
Ex Aequo: Magallanes (Lav Diaz. Portugal-Filipinas-España-
El mítico director filipino Lav Diaz entrega aquí una producción internacional que, por su duración, podría pasar casi por un cortometraje en comparación con el resto de su filmografía. En Magallanes, Gael García Bernal se pone en la piel del conquistador portugués durante su travesía por conquistar y evangelizar las Filipinas.
La enorme empresa colonial y su recorrido truncado y fallido se convierten en una lección de historia que se eleva por encima de lo anecdótico gracias a la forma cinematográfica que le imprime Diaz: una suerte de anti-Fitzcarraldo, envuelto en paisajes imponentes, barcos que surcan los mares y la resistencia de cientos de indígenas que, más allá de la pantalla, buscan la voz de sus antepasados, aquellos que hicieron frente a los expedicionarios europeos.
A la distancia, pese a la imponencia, la violencia y la supremacía técnica, se percibe la banalidad y la carnalidad de un proyectocolonial confuso, inconexo, fracasado y condenado. Diaz hace de la historia de Filipinas no un conjunto de ruinas y documentos desarchivados, sino una memoria viva, en movimiento, en permanente reescritura, que busca un segundo aire para respirar. Ese aire, Diaz lo otorga como pocos en la forma fílmica.
3. El príncipe de Nanawa (Clarisa Navas. Argentina-Paraguay)
Clarisa Navas hace el cine más aventurero del año, la proeza fílmica. Más allá de la propuesta de diez años de filmación de El príncipe de Nanawa, en las que su protagonista, Ángel Stegmayer, un niño nacido y crecido en los bordes de Argentina y Paraguay, que ya de por sí es impresionante y atípico en el cine, hace de sus personajes verdaderos protagonistas con todo lo que eso implica: ellos toman la cámara, conducen sus interacciones, deciden qué grabar. Ángel es el verdadero cineasta. Se come la forma y sus intenciones frente a la humanidad y al carisma del pequeño, quien avanza en la mira de ser un adulto igual de alegre.
El cine regresa a la vida, se convierte en tiempo: no acompañamos a Ángel a crecer, enamorarse, tener un hijo, formar una familia ni convivir en este micromundo periférico olvidado por el Estado; él nos acompaña hasta que estemos seguros de poder dejarlo ir. Hasta que los créditos corren y podemos, nosotros, volver a nuestra vida, a entender este mundo en el que existimos, que transformamos y habitamos y que, como pocas veces, la pantalla desenmascara. Y lo hace de la forma más enternecedora, como un juego de niños en el que buscamos vivir felices, vivir mejor.
2. Dry Leaf (Alexandre Koberidze. Georgia-Alemania)
Una de mis películas favoritas de los últimos años fue Trenque Lauquen de Laura Citarella, cuya sencilla premisa giraba en torno a Laura, una mujer desaparecida, y a los dos hombres enamorados que salen a buscarla. A partir de esa base, Citarella tejía pequeñas ficciones interiores guiadas por encuentros accidentados, casualidades y coincidencias.
De manera similar, el georgiano Alexandre Koberidze construye Dry Leaf, su tercer largometraje, a partir de la desaparición de una hija. Su padre emprende un viaje por carretera en el que cada parada y cada encuentro con personajes peculiares se convierte en una pequeña aventura, un relato que transforma la pérdida en experiencia compartida. Como en la obra de Citarella, el cierre no apunta al reencuentro, sino a algo apenas más ambicioso: al infinito. La vida se convierte entonces en un pasadizo de estadios de fútbol, campos silenciosos, estatuas oxidadas, flores mecidas por el viento. No hay que despojarla de ese misterio, de ese vital enigma que, a veces, ciertas narrativas de la pantalla, y el ritmo de la vida misma, parecen empeñadas en apagar, en ignorar aquello que habitamos.
1. Resurrection (Bi Gan. China)
Hay un tema recurrente en el cine que he visto y del que he escrito mucho este año. Ya sea en el documental de archivo armenio My Armenian Phantoms de Tamara Stepanyan; en el ambicioso trabajo construido a partir del collage fílmico de la obra de Jia Zhangke en Caught by the Tides; o en el documental de investigación sobre el fotógrafo y pionero del cine científico Guillermo Zúñiga, Yrupé de Candela Sotos. En todas ellas, como en muchas otras, el cine adapta su cualidad de deriva espectral: convierte sus imágenes en una microexperiencia de muerte y, posteriormente, en un ritual de resurrección.
A ese proceso que el cine ejerce sobre las imágenes, al preservarlas para la eternidad, convirtiendo a sus intérpretes, sus sets y su tiempo en objetos capaces de resucitar una y otra vez frente a nosotros, Bi Gan logra teorizarlo a través de la práctica fílmica en Resurrection.
La película, a su vez, rememora y visita distintos periodos de la historia del cine: desde la locomotora arribando a la estación y el jardinero regado de los hermanos Lumière, pasando por el viaje a la luna de Georges Méliès, hasta el cine de Diao Yinan y Hou Hsiao-hsien. Este último emerge en la obra de Bi Gan como si, retomando a Vicky de Millennium Mambo resucitada ahora como vampira, regresara a la pantalla para volverse eterna. En Resurrection, Bi Gan no solo dialoga con la historia del cine, la vuelve a poner en movimiento. Cada imagen revive porque ha sido mirada antes y porque insiste en ser mirada de nuevo. Al final, sus personajes nos regresan la mirada a nosotros, el espectador, nos observan como velas que se derriten en el tiempo. Bi Gan reconoce a quienes están detrás de esta máquina de sueños, a quienes la sostienen con sus pupilas. El tiempo ha de avanzar, la sala se ha de vaciar; las imágenes, no obstante, permanecerán.
Menciones especiales:
• It Was Just An Accident (Jafar Panahi. Irán-Francia-Luxemburgo)
• 7 walks with Mark Brown (Pierre Creton, Vicent Barré. Francia)
• Todo documento de civilización (Tatiana Mazú. Argentina)
• School Privada Alfonsina Storni (Lucía Seles. Argentina)
• My Armenian Phantoms (Tamara Stepanyan. Armenia-Francia)
• Israel-Palestine on Swedish Television 1958-1989 (Goran Hugo Olsson. Suecia)
• Mirrors no. 3 (Christian Petzold. Alemania-Francia)
• Renovation (Gabriele Urbonaite. Lituania)
• What Does That Nature Say To You (Hong Sang-soo. Corea del Sur)
• Bajo el mismo sol (Ulises Porras. República Dominicana-España-Argentina)
• Direct Action (Guillaume Cailleau, Ben Russell. Alemania-Francia)
• O Último Azul (Gabriel Mascaro. Brasil-México-Chile-Países Bajos)







