Aquí se escucha el silencio y el poder de la memoria
POR: BELÉN LUCAS
19-05-2026 15:35:43

Aquí se escucha el silencio es un documental chileno-español de Gabriela Pena y Picho García que se estrenó en Copenague en el Festival CPH:DOX y recibió el Premio FEISAL al Mejor Largometraje Iberoamericano Documental en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde Encuadres conversó con los directores de este documental en el que predomina el poder de la memoria.
Para hablar de esta historia familiar sobre el exilio chileno, Gabriela viaja desde su casa en Barcelona a la casa que abandonaron su madre y abuelos tras el golpe de Pinochet, para reformarla y al mismo tiempo reconstruir el pasado.
En una suerte de diario personal y de investigación dirigida, Gabriela viaja de Barcelona a Chile y hace el camino inverso que hicieron su madre y abuelos. Reúne fuerzas para superar la desconexión con su madre, retomar el amor seguro de sus abuelos e indagar en los respectivos traumas. El documental es el resultado de una entrega generosa y emotiva de una familia que se atreve a responder en común a nuevas preguntas sobre su pasado y desempolvar dolores de la historia personal que quedaron sepultados por la violencia de la dictadura.
Se trata de un trabajo valiente, ambicioso y rebelde para la situación actual de Chile, porque rescata una historia familiar como ejemplo de las muchas familias que componen la memoria silenciada frente a la historia colectiva, a veces construida por la inercia política dominante en una narrativa neutralizada, corregida y consensuada.
En palabras de los directores “la cinematografía chilena es conocida por analizar su pasado y en especial la dictadura. Nos pasó que muchas veces teníamos que justificar estar haciendo otra película sobre exilio y dictadura”.
De este modo, el documental consigue brillar en recursos para sensibilizar con algo tan intangible, ajeno y remoto como es la memoria de una familia y parte de una sociedad. Gabriela vuelve a la casa de su madre en Chile y la llama para mostrarle por video, decenas de años después, el papel levantado en las paredes de su antigua habitación adolescente. Durante esa intrusión en el pasado, al inicio la madre se muestra resistente a analizar y a recordar, pero poco a poco se entrega a la voluntad de Gabriela para deshacer el camino. Por medio de llamadas que evidencian los encuentros y desencuentros entre las dos, van desempolvando su relación y el vínculo con el trauma.
Los abuelos, por otro lado, personifican para Gabriela la ternura que no obtuvo de su madre y se muestran cómplices en compartir su testimonio. En ellos vive la costumbre del desarraigo, la resignación y la decepción que supuso el exilio forzado. Emociona escuchar a la abuela romper su silencio ante una cámara frontal con ojos abiertos y libres de expulsar su verdad o la voz del abuelo leyendo sus memorias en voz alta. Asoma la porosidad del dolor a pesar de los años, que se despliega en dos versiones: la muchas veces repetida y la invisible, que sale como reacción corporal y no mental.

Queda evidente en el documental el poder de la memoria, que se queda en el cuerpo y determina de forma invisible el curso de la salud y de las circunstancias. “Al final tú tienes todo un relato, pero de pronto te entran por una tangente y te desarman porque te llegan a esa herida que tú tienes acorazada. Eso fue lo que le pasó a mi abuelo, o sea, llegó el estallido social, empezó a ver todos estos elementos que le traían a su memoria y su cuerpo no pudo más”.
Aquí se escucha el silencio es un viaje de vuelta del exilio de la manera más difícil de abordar, volviendo al escenario emocional: la casa abandonada de futuro tal como la dejaron y las palabras surgidas del trauma que reivindican no olvidar nunca el límite colectivo de odio y dolor que vivió el país. Sin embargo, el dolor y la memoria en esta película se manejan con un espacio, una aceptación y un cariño que termina en descanso.
“Esta es una película creada junto a mi madre y mis abuelos. Fue un ejercicio colectivo. Había algo mágico de estar en esa casa, las tres, hablando del momento en el que tuvieron que irse de ese lugar. Hay muchas cosas invisibles que se ajustaron y se alinearon”.
El largometraje es un ejercicio brillante de progreso de la verdad que consigue, con elegancia y regocijo, completar un círculo que pocas familias consiguen cumplir, ya sea por exceso de dolor o por falta de sus protagonistas. Se ordena el dolor y se habla, sus miembros se abrazan, se reconocen y se unen. El resultado es una sensación de logro y reparación, una casa rehabitada y rehabilitada que cierra una historia familiar trucada por el destino de un país.

Aquí se escucha el silencio es un documental chileno-español de Gabriela Pena y Picho García que se estrenó en Copenague en el Festival CPH:DOX y recibió el Premio FEISAL al Mejor Largometraje Iberoamericano Documental en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde Encuadres conversó con los directores de este documental en el que predomina el poder de la memoria.
Para hablar de esta historia familiar sobre el exilio chileno, Gabriela viaja desde su casa en Barcelona a la casa que abandonaron su madre y abuelos tras el golpe de Pinochet, para reformarla y al mismo tiempo reconstruir el pasado.
En una suerte de diario personal y de investigación dirigida, Gabriela viaja de Barcelona a Chile y hace el camino inverso que hicieron su madre y abuelos. Reúne fuerzas para superar la desconexión con su madre, retomar el amor seguro de sus abuelos e indagar en los respectivos traumas. El documental es el resultado de una entrega generosa y emotiva de una familia que se atreve a responder en común a nuevas preguntas sobre su pasado y desempolvar dolores de la historia personal que quedaron sepultados por la violencia de la dictadura.
Se trata de un trabajo valiente, ambicioso y rebelde para la situación actual de Chile, porque rescata una historia familiar como ejemplo de las muchas familias que componen la memoria silenciada frente a la historia colectiva, a veces construida por la inercia política dominante en una narrativa neutralizada, corregida y consensuada.
En palabras de los directores “la cinematografía chilena es conocida por analizar su pasado y en especial la dictadura. Nos pasó que muchas veces teníamos que justificar estar haciendo otra película sobre exilio y dictadura”.
De este modo, el documental consigue brillar en recursos para sensibilizar con algo tan intangible, ajeno y remoto como es la memoria de una familia y parte de una sociedad. Gabriela vuelve a la casa de su madre en Chile y la llama para mostrarle por video, decenas de años después, el papel levantado en las paredes de su antigua habitación adolescente. Durante esa intrusión en el pasado, al inicio la madre se muestra resistente a analizar y a recordar, pero poco a poco se entrega a la voluntad de Gabriela para deshacer el camino. Por medio de llamadas que evidencian los encuentros y desencuentros entre las dos, van desempolvando su relación y el vínculo con el trauma.
Los abuelos, por otro lado, personifican para Gabriela la ternura que no obtuvo de su madre y se muestran cómplices en compartir su testimonio. En ellos vive la costumbre del desarraigo, la resignación y la decepción que supuso el exilio forzado. Emociona escuchar a la abuela romper su silencio ante una cámara frontal con ojos abiertos y libres de expulsar su verdad o la voz del abuelo leyendo sus memorias en voz alta. Asoma la porosidad del dolor a pesar de los años, que se despliega en dos versiones: la muchas veces repetida y la invisible, que sale como reacción corporal y no mental.

Queda evidente en el documental el poder de la memoria, que se queda en el cuerpo y determina de forma invisible el curso de la salud y de las circunstancias. “Al final tú tienes todo un relato, pero de pronto te entran por una tangente y te desarman porque te llegan a esa herida que tú tienes acorazada. Eso fue lo que le pasó a mi abuelo, o sea, llegó el estallido social, empezó a ver todos estos elementos que le traían a su memoria y su cuerpo no pudo más”.
Aquí se escucha el silencio es un viaje de vuelta del exilio de la manera más difícil de abordar, volviendo al escenario emocional: la casa abandonada de futuro tal como la dejaron y las palabras surgidas del trauma que reivindican no olvidar nunca el límite colectivo de odio y dolor que vivió el país. Sin embargo, el dolor y la memoria en esta película se manejan con un espacio, una aceptación y un cariño que termina en descanso.
“Esta es una película creada junto a mi madre y mis abuelos. Fue un ejercicio colectivo. Había algo mágico de estar en esa casa, las tres, hablando del momento en el que tuvieron que irse de ese lugar. Hay muchas cosas invisibles que se ajustaron y se alinearon”.
El largometraje es un ejercicio brillante de progreso de la verdad que consigue, con elegancia y regocijo, completar un círculo que pocas familias consiguen cumplir, ya sea por exceso de dolor o por falta de sus protagonistas. Se ordena el dolor y se habla, sus miembros se abrazan, se reconocen y se unen. El resultado es una sensación de logro y reparación, una casa rehabitada y rehabilitada que cierra una historia familiar trucada por el destino de un país.







